Rediseñando nuestra plataforma de infraestructura

Rediseñando nuestra plataforma de infraestructura

Pasada la tormenta Irene, una preocupación resurgió para el pueblo puertorriqueño: ¿Nuestra infraestructura de agua, luz y transportación, nuestras casas y edificios, nuestra gente y hasta nuestros servidores públicos, en realidad estarán preparados para una catástrofe mayor?

Es una pregunta justa y seria luego de ver el impacto que un huracán que apenas llegaba a categoría 1 causó en múltiples pueblos en la Isla. Debo decir que entiendo que la Administración actual manejó la situación de Irene de manera muy eficiente y efectiva. Pero mi punto aquí va mucho más allá de lo que cualquier administración de turno pueda hacer en el momento de un evento similar. Estoy hablando de cómo preparar a nuestro pueblo de manera real y abarcadora para que pueda sobrellevar las dificultades que presentarían un huracán de categoría 3 o mayor, un terremoto de gran magnitud o un tsunami.

Nuestra reacción típica al enfrentar los desastres naturales que nos han impactado es responder de inmediato cuando sucede, y luego de varias semanas relegamos el evento al olvido para concentrarnos en el diario vivir. Consideramos estos eventos como algo natural de nuestro entorno, y estamos acostumbrados a prepararnos (hasta cierto punto) para recibirlos.

No obstante, cuando se trata de desastres de índole catastrófica, pensamos que son eventos de muy poca probabilidad, y simplemente no hacemos nada para prepararnos. De hecho, los mismos gobiernos tienden relegar las catástrofes a un segundo plano por considerarlas “eventos de alto impacto, pero poca probabilidad”, y así asignar más recursos para mitigar “eventos de mediano o bajo impacto, pero alta probabilidad”. Esto es un grave error que tenemos que empezar a corregir.

Lo que hemos podido observar, tanto en tendencias de terremotos como en la trayectoria de huracanes, es que un desastre natural de índole catastrófica en Puerto Rico no es un evento de “poca probabilidad”, sino todo lo contrario. No es cuestión de que “si pasa”, sino de “cuándo pasará”. La amenaza está más que latente.

En realidad no cuesta mucho esfuerzo ni dinero empezar a prepararnos para una catástrofe mayor. En términos de la construcción, por ejemplo, la enseñanza de métodos modernos, basados en la ciencia y la experimentación, ayudan a levantar casas y edificios más resistentes a terremotos y huracanes fuertes.

El concepto de la albañilería confinada es otro ejemplo (AIDG, aidg.org). De hecho, esto se está aplicando hoy en Haití. Recordemos que los terremotos ocurridos casi apenas un año en Haití y Chile tuvieron resultados muy distintos en términos de pérdida de vidas y propiedad. Mientras que en Haití se estima que murieron entre 226,000 a 316,000 hermanos y hermanas, en Chile el saldo fue de 775. La diferencia yace en el tipo de construcción practicada en Haití comparada con la de Chile. En Chile, los albañiles estaban entrenados para aplicar técnicas de refuerzo y contención que mitigan daños en caso de desastre. Ahora en Haití (y otras partes del mundo), organizaciones sin fines de lucro como AIDG están entrenando a albañiles en esto; y el costo es mínimo: aproximadamente $1-$2 por albañil por estructura que construyan (aidg.org).

Otro ejemplo es el esfuerzo organizacional que se está haciendo en New Orleans por la organización “Evaquateer”, la cual entrena a voluntarios para maximizar la eficiencia de la evacuación de una población en caso de un evento catastrófico. Esta iniciativa está entrenando cientos de ciudadanos y comunidades a reaccionar apropiadamente a estos eventos, y corren con donaciones y fondos gubernamentales (evacuteer.org).

Asimismo, existen tecnologías nuevas en la purificación y acceso de agua. Estos sistemas proveen 1 galón de agua purificada por menos de 1 centavo (purificada por el mismo consumidor, de cualquier fuente de agua sucia). De otra parte, se pueden aplicar tecnologías de fabricación de casas alternas de refugio (Reaction Housing, Inc.) y casas cómodas, móviles, “on-demand” y reusables (Exo Housing Unit) que dramáticamente reducen el costo de proveer vivienda a damnificados, y hasta producen nuevos trabajos.

En fin, hay una necesidad generalizada en Puerto Rico de rediseñar nuestros planes de mitigación y de construir para reducir lo más posible el daño que pueda ocasionar un desastre catastrófico. Esta misma filosofía de concienciación debe llevarse a múltiples sectores como la economía, agricultura, gobierno (todos cuales tocaremos en futuras columnas); pero de manera crítica, aplica a nuestra infraestructura.

Al igual que con nuestro sistema sociopolítico, tenemos dos opciones: u observamos lo que ha pasado en otros lugares y aprendemos, o esperamos a que un evento de índole catastrófico nos obligue a hacer lo propio. El que no escucha consejos… no llega a viejo. El poder está en nuestras manos.

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